Picaba tanto el sol que no se podía estar fuera del agua. ¿Por qué le
era tan difícil de entender a la señorita Maggs? Que ella, Connie
Walters, aprovechara cualquier momento para bañarse en el lago no era
cuestión de indisciplina o de falta de respeto a la autoridad: era una
necesidad. La niña aprobó su propio razonamiento y volvió a sumergir la
cabeza.
Hacía solo tres días que había llegado al campamento y aún le
quedaban dos largos meses. Según su madre, la convivencia con otros
niños la haría menos caprichosa; según Bob, el novio de su madre, doce
años era una edad óptima para vivir experiencias en grupo. Pero ella, la
propia Connie, tenía sus ideas al respecto. Lo que iba a suceder
durante su larga ausencia era obvio: su madre se casaría con Bob y se
irían de luna de miel, para luego darle una “sorpresa” a su regreso.
El lago tenía sus trampas. Había que pisar con tiento para no
hundirse en el cieno y para que las piernas no se enredasen en las
plantas del fondo. Cuando fuese mayor, podría tirarse de cabeza sin
tantas contemplaciones. Bob había prometido enseñarle a nadar bien.
Ahora no le hacía mucho caso, porque su bikini no silueteaba ninguna
curva, pero Lorna Fletcher, que estaba muy desarrollada para su edad,
había asegurado que en un año Connie usaría sujetador. ¿Qué es un año?
¿Qué son dos meses? Ella sabría esperar. Sí, Connie entendía las
situaciones con mucho más instinto que la señorita Maggs.

Fuertecillo el texto... jolin con las nínfulas!!!!
ResponderEliminarMe ha gustado.
Besos. Isabel.