martes, 31 de julio de 2012

Nínfulas de agua dulce. Rocío.


Picaba tanto el sol que no se podía estar fuera del agua. ¿Por qué le era tan difícil de entender a la señorita Maggs? Que ella, Connie Walters, aprovechara cualquier momento para bañarse en el lago no era cuestión de indisciplina o de falta de respeto a la autoridad: era una necesidad. La niña aprobó su propio razonamiento y volvió a sumergir la cabeza.

Hacía solo tres días que había llegado al campamento y aún le quedaban dos largos meses. Según su madre, la convivencia con otros niños la haría menos caprichosa; según Bob, el novio de su madre, doce años era una edad óptima para vivir experiencias en grupo. Pero ella, la propia Connie, tenía sus ideas al respecto. Lo que iba a suceder durante su larga ausencia era obvio: su madre se casaría con Bob y se irían de luna de miel, para luego darle una “sorpresa” a su regreso.

El lago tenía sus trampas. Había que pisar con tiento para no hundirse en el cieno y para que las piernas no se enredasen en las plantas del fondo. Cuando fuese mayor, podría tirarse de cabeza sin tantas contemplaciones. Bob había prometido enseñarle a nadar bien. Ahora no le hacía mucho caso, porque su bikini no silueteaba ninguna curva, pero Lorna Fletcher, que estaba muy desarrollada para su edad, había asegurado que en un año Connie usaría sujetador. ¿Qué es un año? ¿Qué son dos meses? Ella sabría esperar. Sí, Connie entendía las situaciones con mucho más instinto que la señorita Maggs.

1 comentario:

  1. Fuertecillo el texto... jolin con las nínfulas!!!!
    Me ha gustado.
    Besos. Isabel.

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