AMORES CIEGOS
POR RUBÉN CHACÓN
Hay
quien podría considerarlo violación. Pero, teniendo en cuenta la escasa
frecuencia, por no hablar de inexistencia, de mis experiencias sexuales espontáneas,
no seré yo quien formule una denuncia.
Y
es que es duro ligar cuando se es ciego.
Por
supuesto, siempre le queda a uno el recurso de las putas y las compañeras del
trabajo, también invidentes, e igual de necesitadas que yo. Pero, al follar con
ellas, me es imposible eludir la sensación de ser doblemente minusválido. En
función del tamaño de tu billetera, a una profesional del sexo le puedes solicitar
cualquier cosa, excepto pasión. Y cuando lo hago con una de mis amigas ciegas,
el ansia y la desesperación por alcanzar el esquivo orgasmo lo empañan todo. Ausencia
de sentimientos. Ni rastro de afecto o apego. Sólo sexo. Animal. Rudo. Ciego.
Sin
embargo, esto es completamente distinto. Un colega del curro ya me lo había
mencionado alguna vez. Una de esas leyendas urbanas que nunca te llegas a creer
del todo. “Es por las gafas oscuras –me aseguraba él-. Debe ser alguna especie
de distintivo que emplea este tipo de gente para identificarse entre ellos.








